Mi rostro incluso cuando duramente trato de endurecerlo parece amable. Una sonrisa leve se dibuja siempre que veo con mis ojos ligeramente estrábicos un espejo, una sonrisa que no intento, una sonrisa que no existe porque no es tal.
Esa dureza autoimpuesta a mis facciones siempre se trunca por la expresión gentil de estos ojos, que miran a esa mujer tanto. Esos ojos que en su mirada conforman una sola mancha oscura cuando me mira a corta distancia en el juego de los cíclopes como solía decir Cortázar. Esos ojos se cierran cuando escuchan su voz. Esos ojos que le entregaron las primeras indicaciones del camino a casa a la mujer de mi vida.
Mi vida que tantas vueltas ha dado. Que tantas tristezas ha sobrepasado. Una vida que siempre sueño me sobreviva. Esa misma vida que hoy se juega momentos de movimiento, de planes, de sueños. Esa vida que me han entregado con no sé qué fin. Esa vida que completa esa voz que escucho ronca y dulce a la vez.
Esa, su voz. Una voz que ha sonado metálica frente a mi debilidad. Esa voz que quiero acompañe mis despertares y ocasos. Esa voz que ha pronunciado las palabras que cada hombre quiere escuchar. Esa voz que me acompaña y que ha acompañado antes a tantas y tantos otros. Esa voz que es añorada. Esa voz que hoy no me pertenece. Esa voz que hoy sí me pertenece. Esa voz que revienta en mis oídos.
Mis oídos que escuchan una voz hipócrita. Mis oídos que me llenan de trabajo, de placer, de sentido, de rabia, de dolor, de esperanzas. Mis oídos que no siempre hicieron caso porque no tienen párpados. Mis oídos que engañan mi tranquilidad. Mis oídos de felino. Mis oídos que sólo esperan una palabra.
Palabra indicada. Palabra dicha. Palabra leída, antes escrita.
Espero, y espero.
Comentarios recientes